Y por eso rompimos – Daniel Handler y Maira Kalman

Minerva Green, Min, Min Green, nos cuenta la historia de una ruptura, ¿y qué hace que este libro valga la pena? ¿La historia? No. ¿Los personajes? Bueno. ¿Las ilustraciones? También… Lo que hace que invertir el tiempo en esta lectura tenga recompensa es la forma en que Min nos narra lo que ella sintió, y lo que está dejando de sentir.

Este libro no se lee para saber porqué los protagonistas rompieron su breve relación, se lee para que una adolescente llena de rabia se desahogue. El texto está escrito en primera persona y en forma de carta (hemos de tomarnos esto como una licencia poética, una carta de trescientas y pico cartas… evidentemente, la carta que Ed recibe dentro de la caja es más breve, lo que nosotros leemos es la ampliación literaria, con sus diálogos y demás, para que comprendamos toda la historia).

Se nos presenta a Minerva como una joven ‘diferente’, motivo por el que Ed comienza a fijarse en ella. Cinéfila hasta los extremos (a lo largo de todo el texto se citan películas –que no existen en realidad, al menos no todas– para enfatizar las situaciones a las que Min se enfrenta. Esto puede llegar a cansar, pero a veces los títulos de las películas son tan gráficos que activan un poco más la imaginación, por lo que se potencia la historia), impopular (estigma de los institutos americanos), divertida, etc. Decepcionada, pero con ganas de ver lo que le depara la vida. “Y por eso rompimos” es la historia de una decepción y de un “esta soy yo en realidad”. Es una confesión (apoteósica de las páginas 332 a la 336) y un abrir los ojos. Aunque nosotros, los lectores, podemos ver que Ed es un jo@#$% cap%&# desde el minuto uno, acompañamos a Minerva a lo largo de toda la narración, donde los personajes que participan en la obra parecen saber más de lo que ella es capaz de ver.

Sinceramente, yo hice mis cavilaciones nada más empezar la lectura. Pensaba que en realidad nunca habían estado juntos y que lo que ella hacía, la carta con la caja llena de objetos, era una forma de confesarle su amor. Al ser adicta al cine, pensé que se había montado su propia película y que se expresaba de manera literaria. Pero no. Es real. El que se montó la película fui yo.

  • Si los que habéis leído el libro pensáis que la relación es breve para lo que Min organiza, es que no habéis conseguido captar lo que Min sentía. Me explico: si alguien hace algo como ella es porque se enamora de manera demencial (si no leed las descripciones de belleza que hace de Ed). Para ella fue una etapa intensísima, como el café Onyx noir, amargo y fuerte (y eso que ella prefiere el café con mucha leche y tres terrones de azúcar –¡Hola diabetes!–).
  • Si lo habéis empezado a leer pero no os tragáis que Minerva pueda escribir todo eso sentada en el asiento del copiloto de una camioneta, durante el trayecto de su casa a casa de Ed… Seguid leyendo, porque hay una parada de por medio (además de lo expuesto anteriormente, lo de la licencia poética).
  • No lo comparéis con Las ventajas de ser un marginado, no tienen nada que ver y no pretenden ser lo mismo.

Ya, lo sé, la edición, pese a ser bonita, cuesta de abrir. El tipo de papel es muy duro para una encuadernación de ese tipo, por lo que el libro no se abre de forma natural y acaba molestando… Pero ese tipo de encuadernación abarata el producto, así que no le podemos pedir peras al olmo. Aunque yo lo seguiré intentando.

¿Son imprescindibles las ilustraciones? A decir verdad, no. Se limitan a mostrarnos los objetos que Min introduce en la caja, objetos a través de los que nos cuenta su historia, cumpliendo la función de nexo entre capítulo y capítulo. Supongo que a Daniel Handler y a Maira Kalman les apetecía trabajar juntos de nuevo y se propusieron hacer esto. Las ilustraciones embellecen el libro, pero acaba siendo un recurso repetitivo que dificulta el ritmo de lectura. Ejemplifico: en vez de poner un título a cada capítulo, véase: El paraguas, lo que encontramos es el dibujo de un paraguas. Así de simple.

No soy nada, es lo que le reconocí a Al mientras lloraba dejando caer los pétalos de mis manos, pero sujetando esto con demasiada fuerza como para permitir que cayese. Me gustan las películas, todo el mundo lo sabe –las adoro–, pero nunca estaré al frente de ninguna porque mis ideas son estúpidas y están desordenadas en mi cabeza. No hay nada diferente en eso, nada fascinante, interesante, que merezca la pena mirar.

Si hay algo que me gusta es la versatilidad de algunos autores para cambiar de registro (y hacerlo bien). Hace años leí Una serie de catastróficas desdichas, pero no me entusiasmó. Sin embargo, ahora tengo unas ganas tremendas de leer Adverbios, publicada en 2008 por Tusquets. En este último libro aparece un relato sobre un romance juvenil que sucede en un cine, quizá fue el detonante para escribir Y por eso rompimos. Lo averiguaré pronto.

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